En la mayoría de los sitios, el café se toma solo o con leche, éste último sin mucho matiz: mitad leche, mitad café. En Málaga, hasta la postguerra, era más o menos así, se pedía un café solo o un mitad, pero en esos años el hambre y la necesidad apretaron a todo el país. Un café era un modo de engañar a las tripas, no era sencillo conseguirlo. Una parte del café que se podía comprar estaba racionado, mientras que otra no menos importante se conseguía en el extraperlo, desde Portugal o gracias a los barcos que llegaban al puerto de Málaga o de otras ciudades costeras, desde Suramérica o desde África.

La cuestión era conseguir algo más de café por el mismo precio. La primera estrategia era quejarse de que el café con leche estaba muy caliente, con lo que se intentaba que el camarero pasara el contenido de un vaso corto a otro algo más largo para que añadiera ese chorrito de leche fría por el mismo precio; pero el camarero también se sabía la historia y traía otro vaso y se dedicaba a trasvasar, dejando caer desde cierta altura, el café de un recipiente a otro. «Ea, ya está más frío».

La segunda era quejarse de que el café con leche estaba corto de café. Esto tenía peor solución, puesto que en muchos casos implicaba volver a cargar café y prepararlo para añadir solo un poco más. Se tiraba café (difícil y caro de conseguir) y el cliente pagaba no los dos viajes a la máquina, sino solo uno.

En 1954, Pepe Prado había unificado tres cafés en uno, en el edificio situado entre el Pasaje Chinitas, la calle Santa María y con fachada a la ahora plaza de la Constitución, y en los tres había trabajado: el Suizo, el Múnich y el Central, que absorbió a los dos primeros. Cansado de los intentos por pagar menos, y reunido con un grupo de amigos en el salón del Central, un brainstorming de postguerra, se le ocurrió definir mejor la cantidad de café con nombres concretos. Así, el cliente pide exactamente lo que quiere y caben menos reclamaciones.

Entre el solo y el mitad la cosa fue sencilla, con tres niveles intermedios —largo, semilargo y solo corto—. Mientras, uno de los del grupo de crisis, dibujante valenciano, había dispuesto en una cuartilla dibujos de dos filas de cinco vasos cada una. En la primera, del solo al mitad. En la segunda quedaba no fue difícil intercalar un nivel entre el corto y el mitad (el entre corto). Después, el sombra. ¿Por qué? Una ocurrencia poética. Después, la nube. ¿Por qué? Otra ocurrencia. Sin más.

Por rellenar hasta diez, el dibujante había dispuesto un último vaso vacío para el que la imaginación no daba, así que Pepe Prado llamó a un camarero con arte, un gitano elegante llamado Manuel Heredia que dio la solución sin pensárselo mucho: «no me pongas na’», sugirió, y se quedó en un no me lo ponga. Más de un listillo lo pide, encontrándose con la respuesta del camarero «entonces, no me lo pida».

El Café Central ideó una forma de limitar el engaño en una época de necesidad, y el resto de cafeterías y bares de Málaga lo adoptó como sistema de medida local, pero los nombres surgieron sin mucha intención. Quizás porque la necesidad también apretaba por ese lado.

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