En una entrada anterior nos referíamos a las tres formas en que se ejerció la prostitución en Málaga tras la conquista de la ciudad: en mancebías, en tabernas o ventas, y como ejercicio libre de la profesión. La primera y la tercera estaban sometidas a regulación, bien por concesión administrativa del negocio, bien por cumplimiento de las ordenanzas; la segunda se perseguía por no dejar una blanca (es decir, medio maravedí) a las arcas municipales.

La mancebía tenía la ventaja de un servicio prestado de manera discreta. No es que las autoridades consideraran la prostitución una actividad inmoral; lo que les parecía inadecuado era su visibilidad y que fuera fuente de altercados. De ahí que estuviera prohibido el ejercicio en tabernas, en barcos, etc., además de ser una actividad que no aportaba ingresos por la vía impositiva.

Traslado de una real provisión de Juana I de Castilla, expedida en Burgos y dirigida al Concejo de Málaga, ordenando que las «mujeres enamoradas» sólo trabajen en las casas de las mancebías y no en otros lugares. Año 1508. Archivo Municipal de Málaga.

Por ese motivo, las autónomas de la profesión ejercían en casas, no en la calle, en las que recibían a sus clientes. Mientras que a las controladas en las mancebías se las conocía eufemísticamente como mujeres del mundo o mujeres del partido, a las del ejercicio libre se las denominaba mujeres enamoradas o rameras. En todo caso, por cuenta ajena o por cuenta propia, lo importante era esconder lo principal bajo apariencias aceptables.

Como otros gremios, las mujeres enamoradas trabajaban agrupadas en calles, igual que los zapateros, panaderos, caldereros, especieros… En la Málaga de los siglos XVI y XVII, las profesionales autónomas mejor valoradas lo hacían en lo que hoy es la calle Esparteros, cuyo anterior nombre era calle de Los Ramos; ramos que las profesionales colocaban en su puerta para que sus clientes llamaran en el lugar correcto, que dio nombre tanto a la calle como a la profesión.

Fuente: VILLENA JURADO, J. Málaga por el Rey don Felipe, nuestro señor, tercero de este nombre. Ediciones del Genal. 2020.

Compartir.