En el año 1816 se le encargó al ingeniero naval Joaquín María Pery y Guzmán la construcción de un faro de piedra que sustituyese a la “linterna de madera” que desde mediados del siglo XVI guiaba los barcos a puerto. La obra se convirtió en una singularidad, y ello debido a una serie de características que la hacen única.

La tradición dice que el nombre de La Farola proviene de la forma que tiene, pues las gentes decían que se asemejaba a una mujer con su falda “ancha y rechoncha”, cuya figura elegante destacaba y se veía desde diversos puntos de la bahía. La denominación femenina no es única en su género, algo que comparte, por ejemplo, con La Farola del Mar de Santa Cruz de Tenerife, en las Islas Canarias.

Su altura oscila entre la horquilla de los 33 metros sobre el suelo y 38 sobre el nivel del mar, y su luz de señalización puede alcanzar las 25 millas náuticas. Presenta un mecanismo moderno de señalización compuesto por un sistema eléctrico y automático de encendido por célula fotoeléctrica.

En su base hay dos viviendas independientes, donde residía la familia del farero. Y en la parte superior, a través de una escalera de caracol que comunicaba ésta con la linterna, una habitación (hoy llena de maquinaria) donde ocasionalmente se alojaba el suplente. Estas instalaciones están deshabitadas desde el año 1993, cuando el último farero de Málaga abandonó el edificio.

¿Sabías que es el único faro de España que sigue conservando su antigua óptica de bronce, la que se hizo a mano expresamente para esas instalaciones, y que en cuanto a óptica tiene un alcance mayor que la actual?

Bibliografía:
“La Farola de Málaga. Casi dos siglos de vida” (ABC, 13 de febrero de 2014).
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