El 9 de octubre de 1680, sobre las siete y cuarto de la mañana y cuando gran parte de la población malagueña aún dormía, un fuerte seísmo se dejó sentir en la ciudad. Fuertes ruidos y enormes temblores de tierra echaron a las calles a una población aterrorizada por la magnitud del terremoto. Los gritos de los que desconcertados iban reuniéndose fuera eran muchas veces apagados por los ensordecedores estruendos de los edificios al caer. Fueron apenas unos minutos, pero la fuerza devastadora de la Naturaleza dejó prácticamente reducida Málaga a cenizas.

Cuentan las crónicas mandadas a Carlos II relatándole e informándole de los daños que sólo la Catedral permaneció en pie sin grandes destrozos. La mayoría de viviendas, en cambio, bien se vino abajo por la debilidad de sus cimientos y de sus materiales (casi un 20%), bien acabó siendo inhabitable por los daños estructurales causados durante el gran temblor (algo más de un 30%). Y como los males nunca vienen solos, la fuerza del desastre fue de tal envergadura que el temblor generó un pequeño maremoto, que llegó poco después a los restos de la ya derrotada ciudad atravesando sus maltrechas murallas y adentrándose el mar por sus calles muchos metros adentro, asestando un segundo y certero golpe.

Teniendo en cuenta que el epicentro del terremoto fue la Sierra de Aguas (entre Álora y Carratraca), que la intensidad fue de tal magnitud que en la moderna escala de Richter alcanzaría los nueve puntos de diez posibles, y que se dejó sentir en sitios tan dispares como Sevilla, Granada, Jaén o Córdoba, el hecho de que hubiese algo más de 70 muertos y apenas dos centenares de heridos de gravedad parece casi un milagro.

Bibliografía: 
"Cosas del Rebalaje". Rafael Aldehuela (Crazy Badger Media SL, 2013).
Compartir.